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En aras del agosto que está ya entrando, y como tanto que está agostando, le dan a uno ganas de pacer, augustamente -esto es, venerablemente- sobre el pradal de la dehesa, que amarillea tan dulcemente en este tiempo del año. A expensas, claro está, de los incendios. Que a uno a veces se le hacen impredecibles e inevitables; que tanto asolan las tierras nuestras en tiempos del estío, cuando el sol más impunemente rayea sobre su suelo. Aunque no sea siempre el astro este, que nos cuece y calienta la mollera, sino el hombre, deliberada o indignamente, por razones viles todas, por error siempre, del alma o de la cabeza, que decide atentar contra la más eterna de las realidades, que no es sino el propio suelo suyo que pisa y pasea.

Y paciendo, esta vez menos augustamente, si no es con cierto resquemor capitalino, como el que tiene el burgués del asalariado, mirando de arriba-abajo y viceversa, ladeando los ojos desperezados de la madrugada, como si fuera esta red en línea -¿en línea o en líneas? si red serán más de una- el periódico recién comprado (cosa superada que tenemos todos por sentada, quisiera pensar), alcanzo a leer, entre un propio y venido de dentro rechinar de dientes, bruxismo de indiscutida procedencia, un precioso fragmento, sino casi aforismo -¡que son todos aforistas los que ahí, me incluyo, escriben (a falta de un real oficio)!- doctísimo y muy bien pensado que venia a decir, así como de forma no menos erudita que la autoidentificación que el propio autor se tiene de sí mismo -galardonado en trabajos y logros varios de título y horas bien empleadas en el arte cuál fuera-, que "la memorización permite pensar críticamente y aplicar lo aprendido a nuevos contextos", cosa que casi por obvio que era no iba ni a incluir; pero luego se despeina y a continuación cierra solemnemente, que, si lo que queremos es que nuestros alumnos, en el contexto en el que se daba la conversación era la educación, sean "pensadores creativos", se necesita, ojo avizor semántico al lector espabilado; digo, se necesita que memoricen muchos datos. Yo ante esto no puede hacer otra cosa que golpearme las rodillas de la forma mas caricaturesca posible... O sea, a ver que me aclare las ideas... ¿No tuvimos hace meses noticia, notica americana, de que los, diableasca palabra esta, Modelos Extensos de Lenguaje carecían de "razón humana" (semantiqueo vario aquí: creatividad, originalidad, agencia, intención...) precisamente, entre cosas varias y muy eruditas también, de mucha técnica, porque no era sino otra cosa que recolección de datos, muchos datos, reorganizados estadísticamente, esto es, ramplona y burramente? Le quedan a uno dudas, muy pocas, sobre qué clase de formación estos psicólogos de doctorado quieren para el mocerío.

Pero qué sabré yo realmente, si no soy más que diletante de cualquier cosa que me proponga, porque nunca dejo de comenzar, como todos los días comienza un nuevo día. Y como yo no galardono diploma alguno, y desde mi carencia avanzo, digo que no se puede ser más inhibido mental, microbio del pensamiento incluso, de soltar tamaña mamonada de que cuantas más cosas repita uno, y más las relacione y compare, más creativo -que implica, entre otras cosas, arte de invención, sino casi de criar- se hace uno. Y sobre todo a los críos, que lo suyo propio, lo que es la niñería propia y sana, es que no están envenados de la prosa y verso de ningún viejo deprimido o escritorzuelo despegado de la santa realidad que con los ojos se mira. Que el arte no es otra cosa que la magia de la invención. Magia, sí, porque es ciencia infusa. Que aunque pueda forzarse nace ello solo cuando no quiera ello solo abortarse si le place también de la misma forma. Porque no todos somos un Jorge Luis Borges, de la misma forma que ni él mismo lo fue casi de milagro, que compartieron el mismo nombre de pura casualidad. Y que aun repitiendo lo mismo y ensayándolo -si es que se sigue ensayando todavía- de esta u otra manera, con trazas de lo de aquí y lo de allá, aunque la inmanente diferencia se presente en toda la vida, no siempre será cosa creativa lo que se haga por intención, y menos siempre cuando ni de la intención nazca, sino del arreglo vectorial de datos.

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El Ritornelo

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Empezado el jueves, 3 de Octubre de 2024.

Última actualización: viernez, 25 de abril de 2025.

- Portada -

Por la mayor parte siempre me consideré un bueno-para-absolutamente-nada. Mi tiempo, de todas formas (intentaba autojustificarme), no dejaba sitio para grandes personajes. Ya nadie destacaba en nada — me decía. Sabía sobradamente que aquello que me repetía era falso, pero tampoco encontraba argumentos fehacientes que me confirmaran lo contrario. Fui hecho nacer en un tiempo donde ser un genio importa muy poco.

Sea como fuere, yo seguía siendo un mediocre. Hubiera gente destinada a la grandeza, o ya sumida en ella, yo tenía asegurado que mi mediocridad, cosida a lo más recóndito de mis entrañas, no me dejaría destacar en nada. A lo sumo, quedaría relegado a ser un simple autor póstumo, sin que nadie escribiera una necrológica para mi en el periódico local.

El recuerdo es lo único que tenemos las personas para hacernos inmortales, sea del tipo que sea. A esto recuerdo uno vagos versos de un cantautor venido a menos que ni me digno a mencionar que hablaba de serse un cordero a la mirada de los demás y ser nada cuando la mirada — qué bien sino es la vista; vernos nos vemos todos, pero mirar, miramos pocas cosas — de los demás se aparta. Por lo menos la persona que cantó estos versos ha quedado inmortalizada en la mente de las personas que lo escuchasen. Pero este no es mi caso.

No me martirizo, aunque pareciere lo contrario. No pretendo destacar en nada aunque no deje de escribir (si es que da la casualidad de que se de la ocasión). Y en aquél momento pretendía, con los más estridentes retortijones de estómago, la más temible ansía de tripas, en ese momento, buscar una historia que marcara mi tiempo, o que permitiera ver la verdad de nuestro tiempo. Pero no quería hacer las veces de periodista, y mucho menos la simplona labor de un cronista de segunda. Aun tuviera más interés la obra de un almanaqueo, verdadero periodismo y cronismo.

Julio se abría paso con tórrido ritmo en la cuenca del Jerte.

El vagabundeo, lo itinerante, los pobres y los pordioseros, mediocres y medioshombre; los completamente desubicados en tiempo y en espacio han sido siempre el decorado de mi relatos. Irónico, para alguien que no es que salga demasiado de su casa. En ese aspecto me justifico a modo de anhelo Romántico imaginativo.

Encontrar un personaje así, un errante, un buscavidas, en mi tierra, digno de ser escrito, lo veo una tarea ardua complicada. ¿Es siquiera este el tema de nuestro tiempo – el Signo de nuestro Tiempo?

Si quiera el personaje no fuera persona, sino otra cosa. Fuese espacio, donde moviérese aquél sin-nombre del que hablo ahora. Como dicen los críticos de La Regenta, que Vetusta era la protagonista de lo que fuera escribiera Leopoldo. Yo no creo pudiera escribir sobre una ciudad. No conozco ninguna. Pero así como Vetusta es de mentira —¿ficticia?— hay quien empéñase en verle y buscarle las verdades al espacio, ¡y las personas! Así como un jueguecillo de buscar las diferencias, apuntando con el dedo, la mandíbula rozando el suelo, a grito de “miren, ¡ahí está! !El referente!” Porque hasta lo más abstracto tiene su compañero en los objetos naturales, o algo así, se es dicho…

Y sin más del norte, cerrados los cielos, entraba octubre sin siquiera poder haber cogido aire.

Pero por otro lado, echados a parte ilusiones y comandas de la mente, seguí pensando en aquello de hacer territorio personaje, si acaso mascararlo, en-mascarar lo que fuese sobre el suelo, o el suelo mismo se disponga y escribiere sobre aquello. Tal vez no ciudad ninguna, igual campo, tal vez sierra como parque o, puede ser, laguna y estanque, enclave socorrido de miradas vulgares y a sabiendas de que allí no hubo un nadie hasta antes de la edad común de Dios Padre.

Sí, puede ser que eso sea lo que yo busco. Un diario de viajes, como peón de batallón, herido en guerra retorna del campo de batalla para volverse a recorrer los lares que antes en su tierra, desterrado por ley en tiempo atrás, no hubo si quiera parádose a pensar. Igual quisiera hacer esto.

Pero de todas formas, aun gústeme esta idea de ver el verdadero valor de nuestro tiempo, a caso me refiero a mi propio tiempo, en la expansión del territorio virgen, no me queda más remedio que reducirme y apelotarme, ovillarme cual gato, en el propio territorio de mi muerte que anhelo buscando constantemente. Los movimientos que se hacen del cuerpo a través del vector de nuestra vida no son más que frunciones, acotamientos del terruño nuestro para llegar antes a aquella mullida cama en la que fenecer. Y he de confesar, que si quisiera yo morirme, no sería en burgo ninguno.

Nocheaba su primer día el dulce diciembre entre luces de cátodos modernos.

Si tan solo perdiéralo todo, no tendría jamás nunca que volver a preocuparme. Preocupación de tener algo por lo que estar preocupado. Estar bien, dormir bien, escribir bien, comer bien, beber bien, leer bien, comportarme bien. Si tan solo pudiera perderlo todo, no tendría jamás que volver a preocuparme. Si tan solo estuviera solo, no tendría a nadie tampoco por quien se preocupara por mi. Si tan solo careciera del afecto. Igual la guerra viniere salvadora a redimir el hálito del idiotés que susurra cual demonio.

El ritornelo de la melodía de Fin de Año pasó como agua de Mayo para mi alma y sus extensiones. Se repitió un par de veces más durante el mes de enero. Yo no lo echaba de menos ni lo despreciaba, pero era reconfortante escucharlo. Tampoco lo buscaba. La recepción de aquél hotel asía el tiempo como si fuera el último atisbo de algo inmanente a él mismo, como si sus muebles de madera lacada, copias de cuadros modernos, suelo azulejado como del ajedrez, y esos pilares sosteniendo la estructura de mediados de siglo, cuasi-milagroso, sus sillas talladas de mimbre y madera, fuera lo último que aferraran este espacio en el extrarradio a la vida. Sonaba el ruido de música cualquiera en la radio. No había nadie salvo el mozo tras la barra y un par de moteros se veían a través de la ventana, sentados en al suerte de terraza paso al aparcamiento del hotel, donde yacía un jardín que bien podía ayudarse de un par de tijeretazos. Al verlos pensé en aquello del vagante, del caminante. Pensaba, arrugando la bolsita del azúcar, si bien no era la motocicleta el moderno casi fascista, veloz, mecánico, ruidoso, potente, personal, extraño, del caballo en nuestros días. El símil, la metáfora en ver al motero —imagen hollywoodense de las que más, rockabilly, y cualquier subcultura yankee que se quiera, estirando el hilo— era tan sencillo, tan poco complicado, que lo descarté en seguida y me pausé a ver sus manos. Arrugadas, peludas. Un campo de herramientas callosas que estaban destinadas, como apoderado, a fumar cigarro tras cigarro en una barba amarillenta del hollín y la nicotina. El agenciamiento del hombre, el guerrero en este caso, con el caballo, la moto en el otro, ha sido siempre una de plena mutualidad, simbiosis incluso. Si bien esta relación ocurrió en las más de las veces en la guerra y en la muerte. No se cómo verían aquellos esteparios a su compañeros equinos, pero, apuesto que, entre romanticismos y sentimientos vagos, más ligados a la pena que un señor siente por su esclavo, el general europeo no distingue formalmente un caballo de una moto, o un caballo de un carro de guerra. Hasta cierto punto creo que hay un agenciamiento entre el guerrero, sea de donde sea, y su maquinaria bélica. Sea esta maquinaria biológica o mecánica. Cuando los torrentes del deseo corren, y recorren, de un cuerpo a otro, cuando se acopla el deseo, algo casi alquímico ocurre a varios niveles. Primeramente, la ciencia nos lleva a la conclusión de que el guerrero no es que pierda su individualidad, se vuelve uno y otro, múltiple. Su voz resuena como relincho del caballo o el rugir de un motor V4. Luego están el jinete y su corcel. Son solo fragmentos, máquinas, signos de una producción continua. Lo que importa aquí no es la nostalgia ni la metafísica de la guerra, sino la relación que se establece entre los cuerpos y las máquinas, entre los movimientos y las fuerzas que se desplazan sin cesar. El hombre no es ya el protagonista, sino un conjunto de intensidades que atraviesan la máquina, y la máquina, a su vez, atraviesa al hombre. La moto no es el medio, es el devenir del sujeto; la aceleración no es la velocidad hacia el futuro, es la ruptura de cualquier linealidad del tiempo.

Dióme cuenta tarde cuando todo el café se decantó en el fondo, y al tomar el último trago, la sensación de arena inundó mi lengua. Y recordé la orilla de tierra negra, del lodo en el fondo del agua del río Tiétar, entre los helechos que ya no existen y aquellos pináceos árboles que solo quedan en el tiempo que ya perdí. Mirando atrás me di cuenta que ya no había nadie en la terraza y que por la otra puerta, pasando el arco que separa el bar de la recepción, entraba una mujer como de otro lado. Nada casto de esta zona, nada que yo hubiera visto antes. ¡Si es que ni la vi! tapada como iba. Una fortuna de ambigua castidad, como si no quisiera ser vista. Aunque con tamaños pelajes y gorra, pareciera que en cierto modo quisiera lo contrario. Si bien tampoco había demasiada gente que quisiera venir a este apartado lar para que pudieran verla. Todo me era contradictorio en ese instante. Sin darme cuenta, y tras un parpadeo cómico, me percaté de que estaba murmullando, no hablando en voz baja, ni muy alto, pero un runrún como de garganta salía de mi boca, mirándome los pies y viendo Monfragüe allá al fondo, mientras mis ojos espasmódicos partían el espacio entre yo y la recepción. Hasta que la mujer marchó escaleras arriba cargando una maleta y nada más. Solo pude ver que su pelo era negro y el andar pesado, no por la maleta, sino por lo caído de sus hombros durante todo el encuentro frente aquél mostrador lacado. El mozo tras la barra miraba hacia mi parte de soslayo mientras limpiaba con un trapo los vasos que se había ido dejando en la barra. Hablaba en voz alta y sin cuidado con otro hombre, un parroquiano del bar, por la soltura con la que se desenvolvía en el espacio —pensaba yo—; sus pintas, un hombre trabajado por el nefasto paso del tiempo, con la mandíbula retraída y pelos blancos como quemados, que salían perpendicularmente de la esfera de su cráneo; tragaba una cerveza de barril mientras compartía una sonrisa telegráfica en el apartado de los dientes. Podría tener la edad que quisiera. Aunque no menos de cuarenta. El pellejo de su cuello y los lóbulos de las orejas, me decían, en su lugar, que era alguien más viejo de lo que mis vanas cavilaciones argüían. Pero como nunca me gustó darme cuenta de juzgar a los demás, solté ese pensamiento e hice el amago de entregar la taza del café al mozo. Este sí que tenía la pinta de ni si quiera llegar a los treinta.

— Es artista. — Soltó el mozo, mirándome directamente entre los ojos.

Sus manos sacudían el paño amarillo por al superficie de la barra. A primera instancia no sabía siquiera si estábame hablando a mi. Arremolinado en mi cabeza como me encontraba. Un chasquido de pensamiento me hizo reconectar.

— ¿Perdón?

Me contó sobre ella, no sin antes acusarme de mirón. Tampoco demasiado; que tenía una exposición en no se donde y que estaba de paso. No me supo decir con demasiada soltura a lo que ella se dedicaba pero sí que era artista. Yo no la conocía y aún así quedó en mi mente durante un tiempo. El tiempo suficiente para hacerme las cavilaciones más retoricientes de estómago posibles.

En el vestíbulo del hotel, en la madrugada del día antes en el que yo por fin fuérame de ahí, encontróla: una foto. Nada ostentoso, ni colgado en la pared, ni en un marco en los pasillos del hotel; sino encajada en el marco de un espejo ahí en la entrada. Entre la penumbrosa luz amarilla de las bombillas del vestíbulo. Una foto como si hubiera sido tomada en una cámara analógica, desenfocada, con los colores que uno se encuentra en un cuadro de Monet. Una figura de fantasma a la orilla del lago, con los pies desnudos sobre la hierba. No había pista que me dijera que fuese de ella, pero los vaivenes del hotel, la norma de sus huéspedes, la generalidad de la vida, me decía que esa instantánea no podía ser de otra naturaleza que no fuera de ella. La tomé entre mis dedos, con la misma ligereza que se coge un lirio seco, y mirándola detenidamente me quedé ofuscado en la longitud de su pelo negro. No encontraba su final, las puntas de sus mechones desaparecían del encuadre, como si dieran la vuelta al papel de la impresión.

La mujer de la recepción no le importó que la tomara. Probablemente ni se diera cuente de que la cogiera.

En un golpe de emoción di la vuelta a la fotografía, esperando encontrar las puntas de sus cabellos. Pero soló encontré un texto escrito en tinta negra. “Para ti. Tengo 8000 años.” y nada más.

Pensando ir tras de ella, como si fuera a recibirme en sus brazos, autoadjudacándome la dedicatoria de aquella foto que la certeridad de mi ciencia personal había dictado que era suya, pues no había más razón ni sugerencia que me pudiera decir lo contrario; salí corriendo a las tantas de la madrugada, de golpe, golpeando, golpeado, golpeador, golpeante. Dándole un golpe, propinando un golpe, golpeteando, golpeteadizando, golpeatruenolizando la puerta. La golpeé. De un golpe abrí la puerta, me golpeé con la espera, fui golpeado por el lo que fuera hubiera entre yo el golpe y la puerta. Golpeando la puerta del vestíbulo del hotel, golpeándome con la madrugada del día antes en que yo, por fin, me fuera de ahí. Salí por la puerta de un golpe, golpeando, golpeado, golpeándome, golpeándome golpeadoramente Esperando ir tras de ella, como si fuera si quiera a recibirme en sus brazos, a saberme siquiera quien fuera yo. Golpeando la puerta del vestíbulo del hotel, en la madrugada del día antes en el que yo por fin fuérame de mi. De ahí. Salí por la puerta de un golpe. Los charcos que se formaban del rocío de enero reflejaban las luces de los focos del aparcamiento del hotel. De madrugada las luces de las farolas se reflejaban en los charcos del rocío del mes de enero. Sacudí mis botas y cogí un cigarro de la pitillera, aplastado, oliendo al cuero. No sabía a tabaco pero a cuero. Seco. Arena. La piedra del mechero se iteraba en mi pulgar. Se me repetía como se repiten las secuencias de un zoopraxiscopio. De la pitillera cogí las botas y encendí la piedra. En mi pulgar se iteraba el cigarro como se repiten las zoopraxiscopias de secuencionario. Sacudí mis botas y cogí el primer bus que vi. Sacudí mis botas. Cuando creí verla, no era ella, mas cuando creía no haberla visto, resultaba que era ella en ningún lugar. Reflejábase en las superficies más pálidas y deslucidas. Reflejos que yo no quería ver ni veía porque no eran reflejos. Y al final me encontraba solo con lo demás, con lo otro. Ya todo estaba hecho. ¿Por qué no me miró? (Sintiendo sus ojos atorados en mi mente, en la nuca de mi cabeza sintiendo sus ojos atravesándome. Porque me atravesó dos veces, y tres, y cuatro veces me atravesó. El día en que por fin yo la encontré supe que todo ya había de haber llegado a su final. No contento con seguir desesperado en encontrar un pasatiempo para los vaivenes de mi corazón me dispuse a caminar deambulando, ambulatorio mi paseo, directo al final de la noche —más de dos meses que el sol no salía, y encima esta era la única razón que me ataba a la vida: saber que el sol saldría al día siguiente, pero no llegaba, y yo solo podía seguir creyendo— por los bulevares, hasta encontrarme en otros recipientes de cálida enseñanza del cuerpo. Pero no era eso lo que yo quería, y mientras yo me llenaba en esos sitios, delante mía, 200 años seguidos de juzgante mirada me cortaba en el cuello y me ahogaban el corazón. Y yo moría cada día más). No me miró más porque no me miró si quiera. No pudimos vernos. Cada mordida que yo recordaba daba al pastel de manzana, oliendo a canela toda su boca, recordaba yo cómo arreglaba las flores en el jarrón. Al tiempo fue inventándoseme en mi mente, la forma en la que seguro debiera ser. En cada paso de la escalinata se desaparecía ella un poco más. Y yo la sigo viendo, la miro en cada gota, y cada copo, y cada fibra de las hojas del roble, y en cada fibra de la bellota, y en cada linea de las letras que forman los versos de las poesías, y en cada símbolo de una partitura, y en cada silencio, y en cada ausencia, y en cada habitación abarrotada, y en cada vacío de la existencia. Veíala en mi reflejo de cada charco, de cada mañana al despertar por la madrugada del reloj la veía. Menos en el cine. Ahí no la veía. Ahí me miraba ella. Me miraba ella como mirábase la mirada suya contra el lago de los nenúfares. Agarrando una porción de algo, llevádose a la boca, deglutiendo haciendo bolo en la garganta pensaba si al menos fuera posible que se hiciera otra cosa con estas imágenes que yo me veía; y quería encontrarla un día en el salón, sentada en el diván, tumbada en la silla, leyendo siendo leída por mi. Me leía. Me leía los ojos. No sabía leer, la enseñaba. Me enseñaba a mi ser leído por la taza de porcelana, bruño dorado al borde. Y las pastitas de mora y de frambuesa.

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Matar al intruso

En el fondo del gaiwan se arraigaban las hojas del té. Eran las nieves de febrero lo que calmaba mi corazón de los trepidantes golpes acalorados del sentimiento. La pausa estacional me servía para poder acomodar en mi cabeza lo que no era capaz de controlar en mi estómago. Mamá seguía en sus tareas, despolvando las estanterías prístinas del comedor, donde se alojaban gratuitamente todas las obras que por mis manos no pasaron, salvo algunas pocas.

El polvo era algo que nunca reconocí como ajeno de mi. Siempre había algo suspenso en el aire; fueran telas de araña, ora humedad, ora el polvo que levantaba mamá. O los copos de nieve que venían en torrentes entre las montañas. Del sol se han cantado alabanzas desde que se levantó la mirada al cielo. Pero a mi lo que realmente me causaba emoción y presteza paulatina de pensamiento era, sin lugar a dudas, las de los ojos dorados con sus nervaciones por encima, como dejándose sentir aun cubriéndose. Y las alimañas del suelo y bajo el suelo.

— ¿A caso reconocerías tu propia mano de los trazos de un carboncillo sobre el papel?

— Esa pregunta es tan estúpida como estúpida es la mente que se atreve a decir cualquier cosa.

— Sin embargo yo sí me atrevería a decir que reconocería mi puño y letra de las cosas que produjera. Claro está.

— Yo no creo en el arte.

— Cobarde tozudez la vuestra la de los críticos.

— Tozudez no, que también, mas amor puramente eterno hacia lo que el arte es.

— ¿Y qué es?

— Cualquier cosa que pienses, su contrario.

— Pues pienso que el arte es vida, que viene de sentimiento y solo se produce de él; pues ahora el arte es muerte y solo produce rechinar de dientes, o pensamiento, como algunos burros lo llaman.

— Yo no pienso. O por lo menos no quiero pensar; pensar como piensan ellos, y tú, con la cabeza y con el corazón, que el cuerpo es un conjunto de órganos y alguno más tendrá que poder tener la palabra, digo yo.

— Pensar se pensará con los pensamientos.

— Mis pensamientos son de nube y vaho, de vaho y de agua caliente, que discurre entre pedregales y se amansa en los torrentes de un arroyo a descansar en mullidas costas de musgo y hierba.

— Supongo que podría ser así.

— Así es, y de otras muchas formas. Porque el pensar el esto y lo otro no quiere decir que no pueda pensar lo aquello y lo de allá sin dejar esto de otro lado, y también dejándolo apartadísimo. Porque no hay contradicción más grande que el no querer contradecirse.

Al despertarme de la siesta abrí los ojos en una rígida almohada húmeda. Con gotas como de febril duermevela reposadas en mi cabeza como el rocío en las telarañas de la alacena. Sacando la cabeza por la ventana de mi cuarto, dirección al salón, pasé por un jardín maravilloso de rojos carmines y azucenas saltimbanquis que me recordaron que aun debía recogerse el polvo y que no comí ninguno de los almuerzos del día aquella semana.

Sin si quiera pensarlo le atacaban imaginaciones de aquél momento, día sí y día también. Las manos de aquél hombre dibujando su figura con los trazos del sudor de su cuerpo recorriendo cada poro de todo el territorio de su superficie, las fuerzas de la acción apoderándose de ella como de muerte que viene en el momento más oportuno, en la dulce juventud. La muerte le vino del sabor más acrecentado de todos; la culpa.

Y su etérea figura, de maldita suerte de haberse transformado en mujer, en dicho mísero instante, execraron en su cuerpo las más virulentas formas de vida que jamás pudieron producir nunca un acto de aquél calibre. Mas sin modo alguno de poder solucionar tal calamidad, su existencia se vio reconfigurada en la de un mísero títere a merced de aquél y de cualquiera.

De todas formas, el polvo de mamá seguióse recogiendo todos los días. Aún con aquellos engranajes flotándole en la vista a cada paso que diera. El recordar de la espuma del mar le traía sin quererlo, y perdiéndolo todo de la vista, terribles y vívidas pesadillas. Mas ni siquiera vivía cerca de la orilla, y las aguas que más asiduamente veía eran las de la laguna del parque, ahí donde los patos y los peces gato.

Un día en un papel, con tinta en pluma recortada en la punta, negra y azul la pluma, escribió un poema que con el paso del tiempo fuésese perdiendo en el papel que lo guardaba.

[venida] del cielo

[… /…]

… a sus manos una paloma…

y si soltara en mi

lustrada

otra palabra más

… lengua me … [delata]

en el incienso

[… / _ ]

… llegan (?)

… y fuerza

…firmes puñales…

Al poco de morir su hermano la gelidez de sus manos se traspasó, en el transcurrir de unos pocos días, al cristalino de su mirada. No era ya la malhumorada sencillez de un recuerdo asquerosamente vivaz, aquello que colgaba en su imaginación constantemente, sino ya sus propias manos ahogando el arroyo numeroso de decisiones no dictadas por su voluntad las que hacia del arrastrar los pies, una regla digna del esclavo más fiel que hubiera.

Aquello fue como si su existencia terrena se disipara sin la menor de las advertencias. Aquello que llegó, realmente hubo avisado —avisóle a él, pero su orgullo de este mundo le puedo tanto como para sellar su lengua al cielo de la boca. Jamás dijo nada. Pero en los adentros, tanto de la mollera como de las vísceras, iba muriéndose. Hasta que un día acabó derritiéndose en coágulos negros.